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Reuters/Michaela Rehle
Es difícil no alabarlos.
EN EL NOMBRE DEL HIJO

Los padres estadounidenses están sacrificando el matrimonio por los hijos

Danielle Teller
By Danielle Teller

Physician and researcher

En algún momento entre nuestra niñez y cuando tuvimos a nuestros propios hijos, la paternidad se convirtió en una religión en los Estados Unidos. Al igual que en muchas religiones, los practicantes deben tener una devoción completa y sin reflexión. No se permite que nada en la vida sea más importante que nuestros hijos, y nunca debemos mencionar una palabra desleal sobre nuestras relaciones con ellos. Los niños son siempre lo primero. Hoy en día, aceptamos esta premisa en forma tan automática que nos olvidamos de que no siempre fue así.

En el libro que publicamos recientemente, Sacred Cows (Vacas sagradas), nos enfrentamos a las absurdas—pero profundamente arraigadas—creencias de nuestra sociedad respecto del matrimonio y del divorcio. A menudo, nos preguntan si nuestro próximo tema serán las vacas sagradas de la crianza moderna, momento en el cual le pedimos a quien preguntó que baje la voz y miramos alrededor con nervios para asegurarnos de que nadie haya escuchado la pregunta.

Para entender el poder aterrador de la religión de los hijos, basta con ver el ensayo del New York Times escrito por Ayelet Waldman de 2005, en el que la autora explicó que amaba a su esposo más que a sus cuatro hijos. En su reciente visita al programa televisivo “Oprah Where Are They Now”, la autora ratificó los sentimientos expresados en su artículo del New York Times y agregó que su perspectiva ha tenido un impacto positivo sobre sus hijos, ya que les dio una sensación de seguridad respecto de la relación de sus padres. Luego de la publicación de su ensayo, Waldman no solo recibió abucheos de todo el país por ser una mala madre: algunos extraños la amenazaron físicamente y le dijeron que la denunciarían ante el Servicio de Protección al Menor. Esta no es la forma en que una sociedad civilizada trata el diálogo de mentalidad abierta. Es la forma en que una religión persigue a un hereje.

Los orígenes de la religión de los hijos son desconocidos, pero una de sus primeras manifestaciones pueden haber sido los carteles de “bebé a bordo” que se hicieron populares a mediados de la década de 1980. Nadie hubiera puesto un cartel de ese tipo en un auto si la sociedad no comprendiera que la vida de un humano alcanza su valor máximo en el nacimiento y, luego, comienza a descender. Un niño de dos años es tan preciado como un bebé, pero un adolescente no lo es tanto. Cuando ese bebé cumple cincuenta años, parece que a nadie le importa mucho si alguien le choca el auto. No se ven muchos vehículos con carteles de “Contador de mediana edad a bordo”.

Otra señal de la religión de los hijos es que, en nuestra cultura, se ha vuelto completamente inaceptable decir algo malo de nuestros hijos, mucho menos admitir que no nos agradan todo el tiempo. Podemos hablar mal de nuestras parejas, de nuestros padres, de nuestros tíos y tías, pero intenten decir: “Mi hija no tiene muchas amigas porque no es una persona muy agradable” y vean la rapidez con que los echan de la asociación de padres y maestros.

Cuando las personas eligen tener hijos, juegan a la lotería. Los niños tienen la misma variedad de características positivas y negativas que los adultos, y las personalidades de algunos niños no se llevan bien con las de sus padres. Para proteger a los niños contra esa circunstancia, la naturaleza les otorgó una ternura irresistible desde el primer momento y aseguró que los padres formaran un vínculo con ellos que fuera tan fuerte como para evitar que nuestros ancestros que vivían en cuevas empujaran a sus hijos por una cresta de nieve cuando se portaban mal. Aunque los padres amen a sus hijos y quieran lo mejor para ellos, no siempre les agradan. Ese compañero de oficina que todos piensan que es un idiota alguna vez fue pequeño, y es muy probable que sus padres también se dieran cuenta de que podía ser un idiota. Es solo que no podían decirlo.

Claro que la blasfemia de Ayelet Waldman no fue admitir que sus hijos no eran totalmente maravillosos, sino afirmar que amaba a su esposo más que a ellos. Esto está incluido en la categoría de “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Al igual que muchos crímenes religiosos, las sentencias no son iguales para los géneros. Las madres deben dedicarse a sus hijos por sobre cualquier otra persona o cosa, pero muchas esposas se ofenderían si sus esposos dijeran: “Eres fantástica, pero mi amor por ti nunca estará al mismo nivel del amor que siento por John Junior”.

Las madres también son sagradas de una forma en que no se espera que lo sean los padres. Las madres viven en un mundo limpio y feliz, repleto de colores primarios y canciones de cuna, y no piensan en el sexo. Un padre podría admitir que desea a su esposa sin parecer un padre distraído, pero la sociedad no está tan dispuesta a ser igual de tolerante con la Sra. Waldman. Es indecoroso que una madre disfrute de placeres en los que no están involucrados sus hijos.

Indudablemente, elevar la paternidad a la condición de religión tiene beneficios, pero también tiene claros inconvenientes. Es menos probable que los padres que no sienten la libertad de expresar sus sentimientos honestamente resuelvan los problemas en el hogar. A los niños que fueron criados con la creencia de que son el centro del universo, les resulta difícil cuando la idea de que son especiales se desvanece a medida que se acercan a la edad adulta. Lo más alarmante es que las parejas que viven vidas centradas completamente en los niños pueden perder el contacto entre sí hasta el punto de no tener nada que decirse cuando los niños se van de la casa.

En el siglo XXI, la mayoría de los estadounidenses se casan por amor. Elegimos parejas que esperamos que sean nuestras almas gemelas de por vida. Cuando llegan los hijos, creemos que podemos pausar la narrativa de la media naranja porque la crianza se ha convertido en nuestra nueva prioridad y religión. Criamos a nuestros hijos lo mejor que podemos y sabemos que tuvimos éxito si nos dejan, si salen al mundo para encontrar parejas y tener hijos propios. Cuando nuestros dioses nos dejaron, intentamos recuperar los matrimonios que descuidamos hace tiempo y encontrar un nuevo propósito. ¿Nos sorprende que el mayor crecimiento en las tasas de divorcio corresponda a padres cuyos hijos recientemente dejaron el hogar? Tal vez, sea hora de que pensemos bien en la religión de los hijos.